
Hay algo particularmente apropiado en hablar con Matías Aguayo rodeado de árboles. Mientras la Ciudad de México mantiene su ritmo inagotable a unos cuantos metros, el Bosque de Chapultepec parece suspender el tiempo. Entre senderos, corredores y el sonido constante de las aves, el músico chileno-alemán habla de Anenoa como si el álbum perteneciera más a un ecosistema que a una industria.
No es casualidad.
Después de más de dos décadas expandiendo los límites de la música electrónica desde sellos como Kompakt, Cómeme o Permanent Vacation, Aguayo parece haber dejado de pensar en los discos como productos terminados. Para él, un álbum es la consecuencia natural de vivir, bailar, colaborar y experimentar. "Nunca pienso en hacer un disco", explica en algún momento de la conversación. "Simplemente un día me doy cuenta de que estoy haciendo uno".
Esa idea atraviesa Anenoa de principio a fin.
Lejos de buscar la perfección clínica que durante años dominó buena parte de la producción electrónica, Aguayo decidió desnudar el sonido. Las voces aparecen casi sin protección, los efectos desaparecen y la sensación de cercanía se vuelve un elemento compositivo tan importante como el ritmo. No busca esconder la fragilidad; la convierte en lenguaje.
Y quizás ahí radica uno de los cambios más interesantes de este nuevo trabajo. En una época donde la tecnología permite corregir absolutamente todo, Anenoa apuesta por dejar espacio al error, al aire entre los sonidos y a una interpretación mucho más humana.
Sin embargo, reducir el álbum únicamente a esa vulnerabilidad sería perder de vista la otra mitad de su ADN. Hay funk, percusión, grooves que parecen mutar constantemente y una obsesión por borrar las fronteras entre melodía y ritmo. Aguayo habla de ambos conceptos como si fueran una misma cosa, una filosofía que lleva años explorando y que aquí alcanza uno de sus puntos más maduros.
La conversación inevitablemente deriva hacia Latinoamérica.
Su visión de la escena electrónica actual está lejos del optimismo ingenuo. Reconoce el enorme talento que emerge desde distintos rincones del continente, desde Ciudad de México hasta Santiago, pero también señala una tendencia que considera preocupante: la homogeneización estética impulsada por las redes sociales.
Según Aguayo, gran parte de la cultura electrónica parece haber comenzado a perseguir las mismas imágenes, los mismos escenarios y las mismas validaciones internacionales. El DJ frente al logo correcto, la fotografía en el club correcto, el video pensado para circular antes que para ser vivido.
En contraste, dice admirar profundamente a quienes siguen construyendo comunidades independientes y nuevas formas de entender la pista de baile.
No habla únicamente de música. Habla de cultura.
Quizá por eso uno de los momentos más interesantes de la charla aparece cuando menciona las fiestas organizadas por la comunidad Nueva Red de Bailadores en Ciudad de México. Más que eventos, las describe como espacios donde desaparecen la competencia, el protagonismo e incluso muchas de las convenciones tradicionales del club.
Para Aguayo, el verdadero reto de un artista no consiste en imponer música sobre una audiencia, sino integrarse a ella.
Escuchar antes de dirigir.
El propio nombre del álbum parece responder a esa filosofía.
Después de decenas de entrevistas, comenta entre risas que muy pocas personas le han preguntado qué significa realmente Anenoa. La palabra nació hace algunos años casi como un juego creativo durante un proyecto audiovisual realizado en pandemia. Más tarde descubriría que, de manera inesperada, también existe en otros idiomas: en Madagascar remite al presente, al "ahora"; en lengua maorí se relaciona con la escucha.
Ambos significados terminaron encontrando sentido dentro del universo del disco.
El presente.
Escuchar.
Dos conceptos que también parecen definir la manera en que Aguayo entiende la música electrónica.
Mientras muchos artistas hablan del futuro como una lista de objetivos o próximos lanzamientos, él responde de otra forma. No existe realmente un "después" de Anenoa. El álbum apenas comienza una nueva etapa donde cambia constantemente de forma: nuevas versiones, nuevas colaboraciones, nuevos músicos en cada ciudad y nuevas maneras de presentarlo en vivo.
La obra permanece viva.
Quizá esa visión resulte especialmente pertinente en un momento donde la música electrónica atraviesa profundas transformaciones. La independencia enfrenta nuevos desafíos, los modelos tradicionales de distribución parecen agotarse y la conversación sobre comunidad vuelve a cobrar fuerza.
Lejos de mostrarse pesimista, Aguayo interpreta ese escenario como una invitación permanente al experimento. Si las reglas anteriores dejaron de funcionar, dice, entonces cualquier nueva posibilidad merece ser explorada.
Mientras termina la conversación y el bosque continúa respirando alrededor, resulta difícil imaginar un escenario más coherente para hablar de Anenoa. No sólo porque Chapultepec representa uno de los pocos espacios donde la ciudad parece bajar el volumen, sino porque el propio álbum propone exactamente eso: detenerse un instante, escuchar y recordar que, antes que un algoritmo o una plataforma, la música sigue siendo un encuentro entre personas.
La conversación con Matías Aguayo confirma que Anenoa no pretende ofrecer respuestas sobre el futuro de la electrónica. Más bien invita a imaginarlo desde otro lugar: uno donde la creatividad, el juego y la escucha todavía tienen la capacidad de transformar una pista de baile.
ESCUCHA ANENOA AQUI.