
Hay una pregunta que me ronda la cabeza cada vez que entrevisto a alguien que lleva años haciendo música. ¿En qué momento deja de sentirse emocionante?. Porque, si uno lo piensa, después de suficientes discos, suficientes giras y suficientes entrevistas, todo debería empezar a parecerse un poco. Las canciones encuentran su lugar, los escenarios cambian de ciudad y las preguntas suelen repetirse más de lo que cualquier músico o un periodista musical quisiera llegar a admitir.
Matthew Augustin, mejor conocido como Kid Francescoli, parece haber encontrado la respuesta: nunca deja de sentirse nuevo. No porque cada disco represente una ruptura absoluta con el anterior, sino porque todavía disfruta ese momento casi inexplicable en el que una melodía aparece sin previo aviso, ese instante en el que una idea abre una puerta que hasta hace unos minutos ni siquiera existía.
Mientras hablamos sobre A Kind Wave, su próximo álbum, queda claro que Matthew no pertenece a esa generación de artistas obsesionados con construir un concepto antes de escribir la primera canción. Tampoco parece demasiado interesado en las estrategias que dominan la conversación musical actual. No habla de algoritmos, ni de métricas, ni de sencillos diseñados para sobrevivir quince segundos en una red social. Habla de trabajar, de grabar de equivocarse y de esperar a que las canciones empiecen a conversar entre ellas. Quizá por eso le tomó tanto tiempo encontrar el título del disco. No porque no supiera qué quería decir, sino porque necesitaba una palabra capaz de contener dos ideas al mismo tiempo. Por un lado, un álbum profundamente íntimo. Por otro, una producción mucho más amplia y luminosa que cualquiera de sus trabajos anteriores.
A Kind Wave terminó siendo exactamente eso. Una ola que no arrasa, una ola que envuelve. Una forma bastante elegante de describir un álbum que, según él mismo cuenta, nace desde un lugar mucho más vulnerable y que lo curioso es que una de las canciones más importantes del álbum apareció con la misma facilidad con la que llegan esas conversaciones que terminan cambiando el rumbo de una noche.
Un mensaje en Instagram. Nada más.
Débora, cantante nigeriana del proyecto Demigod, le escribió para decirle que le gustaba su música y que le gustaría colaborar. Matthew hizo algo que cualquiera haría con cierto escepticismo: abrió su perfil, escuchó unos segundos y entendió inmediatamente que ahí había una voz distinta a cualquier otra con la que hubiera trabajado. Le envió una maqueta, ella respondió con las voces y "City of Gold" prácticamente se escribió sola.
Lo cuenta casi con sorpresa, como si todavía intentara entender por qué algunas canciones necesitan meses para encontrar su forma mientras otras aparecen completas desde el primer encuentro.
Hay otra colaboración que terminó siendo igual de importante, aunque por razones completamente distintas.
Robin Coudert, mejor conocido como Rob, llevaba años ocupando un lugar especial dentro de las referencias musicales de Matthew. Productor, compositor y una de las figuras clave del French Touch, ha trabajado junto a nombres como Phoenix, Air y Sébastien Tellier, artistas que definieron buena parte del sonido francés de las últimas dos décadas.
Trabajar con él parecía una posibilidad lejana, hasta que dejó de serlo.
Lo interesante no fue únicamente lo que Rob aportó a la producción del disco, sino la manera en que modificó la relación que Matthew tenía con su propia voz.
Le pidió que cantara más, que probara registros que normalmente evitaba, que dejara de esconderse.
Suena sencillo cuando lo cuenta, pero cualquiera que haya grabado música sabe que pocas cosas resultan tan difíciles como escucharse con absoluta honestidad.
Y quizá esa sea la verdadera transformación detrás de A Kind Wave.
No una revolución estética, no un giro de ciento ochenta grados, sino la decisión de escribir sin tanto filtro.
Matthew me cuenta que varias de las canciones parten de momentos completamente reales. "Soft Skin", por ejemplo, reconstruye un fin de semana junto a su pareja en Cádiz. Cada detalle que aparece en la letra ocurrió exactamente como está escrito.
Las calles, los zapatos de verano, las bebidas improvisadas durante el paseo. Todo pertenece a un recuerdo específico. Durante un tiempo dudó si era buena idea compartir algo tan personal. Después entendió que precisamente esa honestidad era lo que hacía funcionar las canciones.
Quizá por eso sigue creyendo en los álbumes. No porque se resista a los cambios de la industria, sino porque algunas historias simplemente necesitan más de una canción para terminar de contarse. Mientras buena parte del mercado piensa en sencillos, Kid Francescoli continúa pensando en recorridos completos. No intenta conceptualizar un album desde el primer día; prefiere escribir, grabar y permitir que las canciones encuentren por sí mismas el hilo que las une.
Hay algo profundamente tranquilizador en esa idea, como si todavía existiera espacio para crear sin tener todas las respuestas desde el principio.
En algún momento la conversación inevitablemente llega a México.
Y entonces aparece una sonrisa.
Recuerda su primer presentación en Bar Oriente como uno de los momentos más memorables de toda su carrera. No habla del aforo ni de los números. Habla de la intensidad. Dice que el público mexicano siente todo un poco más fuerte.
Si baila, salta, si canta, grita, si se emociona, lo hace sin pedir permiso.
Desde el otro lado del escenario, asegura, esa energía se siente casi física. No sorprende entonces que ya tenga en la mira un nuevo regreso al país el próximo año.
Cuando la llamada termina, vuelvo a pensar en aquella primera pregunta.
¿En qué momento deja de sentirse emocionante hacer música?
La respuesta probablemente sea más sencilla de lo que imaginaba. Nunca.
Al menos no para alguien que todavía puede sentarse frente a un piano, tocar dos acordes al azar y sentir que acaba de descubrir una puerta que ayer no existía.
Quizá ese sea el verdadero privilegio de una carrera larga.
No recorrer el mundo, no acumular reproducciones. Sino conservar intacta la capacidad de sorprenderse. Y, escuchando hablar a Kid Francescoli, da la impresión de que esa sigue siendo la fuerza que mueve cada una de sus canciones.