
Durante décadas, la música electrónica ha construido buena parte de su imaginario alrededor de ciudades como Berlín, Londres, Detroit o Nueva York. Mientras estos centros consolidaban su lugar en la historia del club, en Latinoamérica se desarrollaban escenas que, lejos de limitarse a reproducir sus códigos, comenzaban a transformarlos desde sus propias realidades culturales. Hoy, para una generación de artistas, el reggaetón, el dembow, el techno y la experimentación ya no representan territorios separados, sino distintas posibilidades de un mismo lenguaje.
Safety Trance pertenece a esa generación. Detrás del proyecto está Luis Garbán, productor venezolano que, tras desarrollar una trayectoria como Cardopusher, encontró una nueva forma de relacionarse con el pop, los ritmos latinoamericanos y las texturas industriales. Su presentación en Pitchfork Music Festival CDMX permitió experimentar esa búsqueda a través de un espectáculo audiovisual que llevó su universo sonoro más allá de la pista de baile, convirtiendo la relación entre sonido, imagen y cuerpo en parte central de la experiencia.
En colaboración con Unax LaFuente, artista multidisciplinario que ha trabajado con Garbán y codirigido junto a Arca el video de «El Alma Que Te Trajo», el formato A/V trasladó la tensión de sus producciones al terreno visual. Las imágenes, atravesadas por distorsiones digitales y una estética inquietante, construían un universo en el que los cuerpos y las máquinas parecían perder sus límites. Lejos de funcionar como un fondo para la música, los visuales amplificaban su naturaleza oscura y fragmentada, extendiendo la experiencia hacia un terreno casi hipnótico donde la imagen no buscaba hacer más accesible el sonido, sino profundizar en su extrañeza: encontrar belleza en el caos y convertir la incomodidad en parte del lenguaje.
En sus sets, Safety Trance cruza el raptor house venezolano, el reggaetón y el dembow con el techno industrial, el trance, los breaks y referencias al rap de Memphis. Sobre el papel, la mezcla podría parecer improbable; en la pista adquiere una coherencia física que desarma las expectativas sin renunciar al baile. Los bajos distorsionados, las percusiones agresivas y los cambios abruptos de ritmo mantienen al cuerpo en movimiento mientras la música escapa de las estructuras convencionales. La experimentación no funciona como un ejercicio intelectual separado de la pista, sino como una manera de llevarla hacia terrenos inesperados. En su propuesta audiovisual, esa tensión también se vuelve visible: el cuerpo responde al ritmo mientras las imágenes alteran la percepción de aquello que está escuchando.
Esta búsqueda atraviesa también Sacrificio, su nuevo álbum, concebido como una obra abierta a distintas interpretaciones. Durante nuestra conversación, Garbán explicó que tiene poco interés en la electrónica excesivamente convencional y que siempre encuentra posibilidades de ir más allá. Aunque Safety Trance representa una manera diferente de aproximarse al pop respecto a su etapa como Cardopusher, ambos proyectos permanecen conectados. Muchas de sus influencias anteriores siguen apareciendo de manera inconsciente en su música. Más que una ruptura, se trata de transformar lo aprendido y explorar qué otras formas puede adoptar.
La presentación en Pitchfork encontró su lugar en una noche compartida con TYGAPAW y el dúo argentino EQ, tres proyectos que, desde perspectivas distintas, cuestionan las convenciones de la cultura de club. Safety Trance llevó la noche a su punto más intenso, cerrando una programación que apostó por propuestas alejadas de las fórmulas previsibles y por nuevas formas de entender la electrónica. Su espectáculo audiovisual terminó de expandir esa conversación, demostrando que la pista puede ser tanto un espacio de exploración sonora como un lugar donde la imagen, la identidad y el cuerpo adquieren otros significados.
Cuando le preguntamos a Garbán qué distingue a la nueva generación de música electrónica latinoamericana, evitó definirla bajo una sola identidad. En cambio, señaló que percibe escenas cada vez más abiertas a la experimentación. Quizá ahí esté la clave: Latinoamérica no es un movimiento homogéneo, sino una constelación de escenas atravesadas por distintas historias, comunidades y condiciones culturales, cuya circulación internacional ha estado históricamente condicionada por una industria que ha privilegiado los centros europeos y estadounidenses.
Sin embargo, los sonidos nacidos en contextos locales, muchas veces relegados a los márgenes, hoy forman parte del vocabulario de la música global. El reggaetón, el dembow, el neoperreo y las mutaciones de la electrónica latinoamericana ya no pueden entenderse únicamente como influencias periféricas dentro de un lenguaje ajeno. Son herramientas que transforman ese lenguaje desde sus propios códigos. Como señaló Garbán durante la entrevista, la música pop siempre ha observado lo que ocurre en las escenas experimentales, aunque considera que esa influencia es cada vez más evidente. Lo que alguna vez fue considerado demasiado extraño, local o experimental termina permeando los circuitos más visibles de la industria, no sin dejar abierta una pregunta sobre quién recibe el reconocimiento por esa transformación.
Ver a Safety Trance en Ciudad de México fue presenciar una de esas transformaciones en tiempo real. No porque un festival internacional tenga que certificar el valor de una escena que existe desde mucho antes, sino porque su música llegó sin necesidad de traducirse a las expectativas de otros centros culturales. Quizá el verdadero sacrificio al que alude este título sea el de las fronteras que separan lo experimental de lo popular, lo latinoamericano de lo global y el underground de aquello que merece ocupar el centro. La resistencia también se escucha en una pista de baile y, a veces, es desde la periferia donde comienza a escribirse el futuro.
